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Sobre el rastro del puma

Por Esther Díaz Fuente: Huffington Post 2015-07-03-1435942450-9387443-puma1-thumb Hoy es mi cumpleaños y he decidido pasarlo alejada de la civilización, con unas polainas que me protegen de la eventual picadura de una víbora de cascabel y lista para una caminata de más de cuatro horas por un bosque casi virgen.

Estoy en la reserva natural privada número uno del Grupo Ecológico Sierra Gorda (GESG), organización civil que lleva 28 años luchando por la conservación del medio ambiente en el tercio norte del estado de Querétaro. Sin su intervención, todo apunta a que hace ya tiempo que este bosque hubiera sido arrasado por madereros.

Para llegar a las faldas de la reserva hay que viajar alrededor de una hora por carretera asfaltada, continuar por una brecha de terracería en la que sólo entran coches 4×4, y seguir a pie. Tan sólo el inicio de la expedición es una pequeña aventura en sí misma.

Roberto Pedraza, jefe del Programa de Tierras para la Conservación del GESG, será mi guía en esta jornada.

Pese a que le resta importancia al hecho de tener que llevar polainas -me cuenta que las víboras están más activas en julio y agosto, y ahora estamos en mayo-, es la primera vez que me muevo por un bosque con una protección así. Avanzo tras él con cierta intranquilidad pero, al mismo tiempo, deseosa de que se cruce ante nosotros una serpiente lista para presumir su lengua y cascabel, y luego continuar impasible su camino.

Sin embargo, no hemos venido a ver reptiles, sino a instalar cámaras trampa. Con ellas se pretende registrar la presencia de pumas, jaguares y ocelotes, entre otras muchas especies que habitan en bosques de niebla bien conservados, como éste.

Comienza el ascenso y, a medida que avanzamos, reconozco orquídeas, cactáceas con flores rosadas que penden de algunos árboles, bromelias, helechos y flores carnívoras de color morado. Sin embargo, desconozco el resto de especies que me rodea. Mi guía, en cambio, conoce este lugar como la palma de su mano.

El camino está muy tupido y él se abre paso con el machete. Le pregunto por qué respeta algunas ramas que se cruzan en nuestro camino y en seguida responde “están en peligro de extinción”. Abro así la veda a que me diga los nombres científicos de las especies que indulta porque están amenazadas, así como su lugar de procedencia: Ostrya virginiana, Carpinus caroliniana y Tilia mexicana, procedentes de Estados Unidos; aguacates silvestres característicos de los bosques de niebla mexicanos…

A medida que él se convierte en una enciclopedia andante, yo olvido casi todo lo que me dice. Soy incapaz de retener los latinajos que me dispara, pero en el afán de memorizar algo, el fantasma de la cascabel pasa a un segundo plano en mi lista de preocupaciones.

Mientras buscamos las señales de la presencia de los gatos, como llaman en la sierra a los felinos, paramos para admirar una orquídea especial: es la primera que Roberto vio con flor en este bosque. Me pregunto cómo puede saber en qué lugar exacto de este laberinto hay algo, ya sea una flor o un árbol donde habitan las salamandras. “Son mis viejas conocidas, mis protegidas”, me dice sin necesidad de que yo formule la pregunta en alto.

Para cuando llegamos a un lugar donde el camino está casi cerrado por completo, ya no me sorprende que él sepa leer las señales, imperceptibles para mí, que dejó para guiarse en visitas pasadas. Una muesca en un árbol o una piedra con una determinada forma son suficientes para saber que ahora hay que girar a la izquierda.

De pronto, el primer signo: en la corteza de un árbol muerto que atraviesa el camino se dibujan lo que bien podrían ser las garras de un felino. Apenas cinco minutos después, nos topamos con la marca de sus garras excavadas en la tierra. La probabilidad de encontrar a un puma o un jaguar frente a frente bajísima, pero la piel se me enchina de solo pensarlo.

Queda un tercio del camino para llegar a uno de los límites de la reserva y colocar estratégicamente las tres cámaras trampa que, tres semanas después, recogeremos en busca de resultados. Si hay suerte, los obtendremos. Pero no siempre es así.

Allá donde el viento da la vuelta

“La última subida y llegamos”, dice mi guía para animarme. Minutos después, el aire comienza a soplar y la densidad de musgos y líquenes que cuelgan de los árboles se vuelve impresionante. “Si los duendes y las hadas existen, seguro que viven aquí”, pienso.

Es un paisaje de cuento, casi irreal. La belleza es tal que aquí las fotos y los comentarios están de más. Giro sobre mí 360 grados e intento captar todo lo que veo. Después, cierro los ojos y trato de reproducirlo en mi cabeza. Al abrirlos, un bosque repleto de cedros, encinas y magnolias gigantes me devuelve la mirada. No es un sueño, este lugar es real y no le cabe una gota más de belleza.

Antes de instalar cada cámara, Roberto corta a ras de suelo las plantas del área hasta donde alcanza el sensor. De esta forma, la probabilidad de obtener una buena foto si llega un felino aumenta, pues no habrá elementos que se crucen entre el gato y la lente.

De bajada, mientras como fresas silvestres y fotografío helechos de formas imposibles, doy gracias por el privilegio de haber podido visitar este lugar.

Una espera casi eterna

Han pasado 26 días y estamos de regreso en este santuario de vida silvestre. Las cámaras que instalamos hace un poco más de tres semanas no son de última generación, por lo que no podremos ver si han captado alguna imagen o vídeo hasta que no estemos frente a una computadora.

Quizás por ello ascendemos, sin darnos cuenta, más rápido que la vez anterior. Queremos volver a la ciudad para saber qué sucedió en nuestra ausencia.

Apenas comenzamos a subir, todo parece indicar que no estamos solos. En esta ocasión encontramos hasta ocho huellas y marcas de garras en los troncos que atraviesan el camino. Pero la mejor señal de todas es la que, incluso a un guía experto, le produce verdadera emoción: la orina fresca de un felino.

Roberto se agacha, huele el orín y asegura “el animal ha pasado hace muy pocas horas por aquí”.

Aunque en esta ocasión no hay tiempo para las fotos, el lugar sigue provocándome la misma sensación que la primera vez. Me siento envuelta en magia, inmersa en un hechizo del bosque.

De regreso en las oficinas del Grupo Ecológico Sierra Gorda, cansados, sudados y hambrientos, nos sentamos impacientes frente a la computadora.

Abrimos primero la cámara que tomó video y… ahí está. El trasero de un precioso puma avanza por el sendero que, cinco horas después, nosotros recorrimos. Si hubiéramos ido un día antes a quitar las cámaras no hubiéramos encontrado nada. Fue hoy, a las cuatro de la madrugada, cuando el animal visitó la reserva. Ningún guión de película podría haberlo preparado mejor.

El vídeo también ha captado a un venado temazate que, días antes, pasó de noche por ese mismo punto. Las otras dos cámaras, programadas para hacer fotos, esconden una sorpresa más: el lomo regordete y grisáceo de un pecarí de collar, la especie de jabalí de esta zona de México, que seis días antes estuvo en el lugar.

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El hallazgo se convierte en una fiesta. Estos son los signos más claros e indiscutibles de que la conservación se consigue eliminando la huella humana de los lugares silvestres. Sólo así la fauna salvaje puede retomar lo que las personas le arrebataron: su hogar.

Afirmar esto significa reconocer que incluso nosotros y nuestras cámaras trampa somos intrusos en esta maravilla natural. Llegados a este punto es donde se genera el debate entre los más radicales, que defienden que ninguna excepción es posible, y los que apuntan que una presencia mínima, controlada y con fines exclusivos de supervisión y control, es necesaria.

Para una curiosa como yo es más sencillo comulgar con la segunda postura, en la que de algún modo tengo cabida en ese pedazo de cielo verde. Sin embargo, me digo a mí misma que, la próxima vez que acuda a un lugar así, trataré de pasar aún más desapercibida. Porque, en realidad, sé que en la casa del puma no tiene cabida el hombre.

Ve el video del puma, el temazate y el pecarí


By Esther Díaz
Source: Huffington Post 2015-07-03-1435942450-9387443-puma1-thumb

Today is my birthday and I have decided to spend it far from civilization, with some gaiters that will protect me from any potential rattle snake bites and ready to walk for over four hours in an almost completely virgin forest.

I’m in private nature reserve number one, which is overseen by Grupo Ecologico Sierra Gorda (GESG), an NGO which has been fighting for environmental conservation for 28 years in the northernmost third of Queretaro State. If GESG had not acted to save this piece of land, it is a given that it would have been destroyed a long time ago by loggers.

To get to the boundaries of the Reserve you have to travel for an hour on a paved road, and then along an old logging track only accessible by 4x4s, and continue on foot. Even this first part of the expedition is a small adventure in itself.

Roberto Pedraza, who is in charge of the GESG’s Lands for Conservation Program, will be my guide on this journey.

Although he plays down the fact that we have to wear gaiters –he tells me the snakes are most active in July and August, and we are in May at the moment-, it is the first time I walk in a forest wearing this kind of protection. I follow him with certain nervousness but, at the same time, I wish for a snake to cross in front of us, ready to show off its tongue and rattle, and then continue coolly on its way.

However, we have not come to see reptiles, but to set up camera traps. With these, we intend to document the presence of pumas, jaguars and ocelots, among many other species that inhabit well conserved cloud forests like this one.

The climb begins and as we cover ground, I recognize orchids, pink flowered cacti that hang from trees, bromeliads, ferns and purple carnivorous flowers. However, I am ignorant of the rest of the species that surround me. My guide, on the other hand, knows this place like the back of his hand.

The path is very overgrown and he cuts away with his machete. I ask him why he spares some of the branches that cross our path and he promptly responds “they are in danger of extinction”. This leads to him telling me the scientific names of the species which he spares because they are endangered, as well as their place of origin: Ostrya virginiana, Carpinus caroliniana and Tilia mexicana, from the United States; wild avocadoes which are characteristic of Mexican cloud forests…

As he becomes a walking encyclopaedia, I forget almost everything he tells me. I am incapable of retaining the Latin he fires in my direction, but while making the effort to memorize something, the ghost of the rattle snake takes second place in my list of preoccupations.

While we search for signs of the presence of wild cats, cats, as felines are known locally, we stop to admire a special orchid: it’s the first one Roberto saw in flower in this forest.

I ask myself how he can know something’s exact location in this labyrinth, be it a flower or a tree which is home to salamanders. “They are old acquaintances, my protégés”, he tells me without the need for me to ask out loud.

By the time we arrive at a place where the path is almost completely closed, it is not surprising for me that he knows how to read the signs, imperceptible to me, which he left to show him the way on past visits. A notch in a tree or a rock with a certain shape is sufficient to know that we now have to turn left.

Suddenly, the first sign: in the bark of a dead tree fallen across our path, marks which could well be feline claws can be seen. Just five minutes later, we come face to face with marks dug into the earth by its claws. The probability of finding a puma or jaguar face to face is extremely low, but I get goose bumps just thinking about it.

We still have a third of the way to go to arrive at one of the reserve’s limits and strategically place the three camera traps which, three weeks later, we will collect in search of results. If we are lucky, will get them, but this is not always the case.

Up there where the wind blows over

“Last climb and we’re there”, says my guide to encourage me. Minutes later, the air begins to blow and the density of the mosses and lichens hanging from the trees becomes impressive. “If gnomes and fairies exist, they definitely live here”, I think.

It’s a storybook landscape, almost unreal. The beauty is such that pictures and comments are superfluous. I turn 360 degrees and try to capture everything I see. Afterwards, I close my eyes and try to reproduce everything in my head. When I open them, a forest bursting with cedars, oaks and giant magnolias looks back at me. This isn’t a dream, it’s a real place and it would be impossible to fit another drop of beauty in.

Before installing each camera, Roberto cuts the plants surrounding the sensor down to the ground. In this way, the probability of getting a good photo if a feline comes increases, because there will be nothing to come between the cat and the lens.

On the way down, as I eat wild strawberries and take pictures of impossibly shaped ferns, I am grateful for the privilege of having been able to visit this place.

An almost never ending wait

26 days have passed and we are back at this wildlife sanctuary. The cameras which we installed a little more than three weeks ago are not the most recent technology, so we will not be able to see if they have captured an image or video until we are in front of a computer.

Maybe this is why, without realizing it, we climbed faster than last time. We want to return to the city to find out what happened in our absence.

As we begin to climb, everything seems to indicate that we are not alone. This time we find up to eight territorial and claw marks on the trunks and litter in the path. But the best sign of all is one which, even for an expert guide, is truly exciting: the fresh urine of a feline.

Roberto bends down, smells the urine and says “the animal has passed through here very few hours ago”.

Although there is no time for photos on this visit, the place continues to produce the same sensation in me as the first time. I feel shrouded in magic, immersed in the forest’s spell.

Back in the Grupo Ecologico Sierra Gorda’s offices, tired, sweaty and hungry, we sit down impatiently in front of the computer.

We open up the video camera first and… there it is. The backside of a beautiful puma walking along the path which, five hours later, we passed through. If we had gone to remove the cameras a day earlier we would not have found anything. It was today, at four in the morning, when the animal visited the reserve. No film script would have been able to do it better.

The video has also captured a brocket deer which, days earlier, passed the same location by night. The other two cameras, programmed to take pictures, hide one more surprise: the rounded, greyish back of a collared peccary, the wild boar species local to this zone of Mexico, which was at the site six days before.
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The find becomes a celebration. These are the clearest and most indisputable finds showing that conservation is achieved by eliminating human interference from wild places. Only then will wildlife be able to retake what people have taken from them: their home.

This statement requires the recognition that even us and our camera traps are intruders in this natural wonder. This is the point where debate is generated among the most radical, who hold the view that no exception to this rule is possible, and those who claim that a minimal presence, controlled and exclusively for supervision and control, is necessary.

For an inquisitive such as I am, it is easier to agree with the second point of view, in which I am in some way part of this piece of green paradise. However, I tell myself that, next time I go to a place like this, I will try to go even more unnoticed. Because in reality, I know there is no place in the puma’s home for human.

Watch the full video

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