En la Sierra Gorda de Querétaro ha ocurrido un gran cambio. Su gente ahora mira el monte como otros miran un banco. No porque sean codiciosos, sino porque por primera vez en su vida, ese cerro que sus abuelos veían crecer y morir en silencio ahora les da un ingreso y un futuro. Les da orgullo.

Durante décadas, la pregunta que recorría las 638 comunidades de esta sierra prodigiosa era siempre la misma: ¿para qué tanto monte si no nos da nada? Es una pregunta honesta. Los bosques son hermosos y necesarios, sí — pero esto no paga la tortilla, no manda a los hijos a la escuela, no repara el techo que gotea en temporada de lluvias. Hace falta más para que la conservación sea viable y atractiva para las comunidades.

Por eso creamos Carbono Biodiverso, un programa de compensación de carbono que ofrece una visión distinta de lo que puede ser la conservación en México. Es un modelo que pide cuidar la naturaleza no por decreto ni por culpa, sino porque conviene; porque cuidar la naturaleza y los bosques es justo y, en el fondo, es cuidarse a uno mismo.

El modelo de Carbono Biodiverso es elegante en su sencillez. Las empresas queretanas que emiten carbono tienen qué compensar sus emisiones. Los propietarios forestales de la Sierra Gorda — más de 174 dueños de bosques que en su mayoría son pequeños propietarios privados, pues el 70% de estas tierras sagradas son propiedad individual, además de varios ejidos, que en su conjunto poseen el 30% restante — reciben un pago por algo que ya saben hacer: cuidar su monte, impedir que el ganado lo destruya y permitir que los árboles compitan por la luz y el agua y los nutrientes y crezcan, y en ese crecer, capturen el carbono que el mundo no sabe dónde poner.

Desde su lanzamiento en el 2021, Carbono Biodiverso ha impulsado la regeneración de más de 40,000 hectáreas y ha capturado 438,242 toneladas de dióxido de carbono equivalente. No con reforestaciones masivas que suelen fracasar, sino confiando en la inteligencia de la naturaleza misma. La estrategia es permitir que la naturaleza se regenere por sí sola. Los árboles saben lo que hacen. Lo han sabido siempre. Solo necesitaban que los dejáramos.

Pero este modelo no flotaría en el aire sin un suelo firme de política pública. Ese suelo lo ha construido la Secretaría de Desarrollo Sustentable de Querétaro, la SEDESU, a través de una herramienta fiscal conocida como el Sello Querétaro. Esta política obliga a las industrias del estado a pagar por sus emisiones de carbono, pero les abre una puerta: pueden compensar una parte de esa deuda comprando certificados de carbono generados por proyectos forestales certificados dentro del propio estado. Es una política que cierra el círculo. Que hace que el dinero del carbono se quede en casa, en la sierra, en las manos de quienes cuidan el bosque.

¿No es esto, acaso, lo que siempre hemos llamado humanismo mexicano? No el humanismo de los discursos y los podios, sino el de a pie, el que camina entre los árboles y pregunta ¿cómo estás, cómo te va, qué necesitas? El humanismo que pone en el centro a la persona — al pequeño propietario queretano, a la familia serrana, a los ejidatarios — y construye alrededor de ella una economía que tiene sentido. Una economía que no destruye para crecer, sino que crece porque no destruye.

Roberto Pedraza, nuestro encargado técnico de biodiversidad y monitoreo, lo dice con palabras que merecen repetirse: “Los propietarios ahora ven los bosques como un capital y un ingreso. Eso cambia completamente la relación con el bosque, porque los propietarios se vuelven sus propios guardianes.” Guardianes. No víctimas del abandono ni dependientes de la caridad ajena. Guardianes activos, entusiastas, orgullosos de lo que tienen y de lo que hacen.

La meta del modelo, como dice Ricardo Torres, el Subsecretario del Medio Ambiente de la SEDESU de Querétaro, es que todos los pequeños propietarios de la sierra sean parte de él y se enamoren de él. Que la Sierra Gorda entera se convierta en un gran territorio donde conservar es más rentable que destruir, donde el árbol en pie vale más que el árbol tirado.

A diferencia de tantos mercados de carbono internacionales que no han logrado beneficiar adecuadamente a las comunidades del Sur global por toneladas de carbono capturadas, Carbono Biodiverso busca pagos justos, locales, verificables. Busca que el dinero del bosque se quede en el bosque. Busca que la gente de la sierra viva de cuidar su sierra.

Esto es transformador. Esto es revolucionario, aunque no suene a revolución. Suena, más bien, a sentido común. Al sentido común profundo y paciente del México que siempre ha sabido que la tierra no es un recurso que se explota sino un patrimonio que se hereda.