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¡Laudato sí!


Hace 32 años, buscando reencontrarnos con la Tierra y buscar una vida simple y plena, lejos de la modernidad, mi esposo Roberto y yo decidimos radicar en la Sierra Gorda, en una comunidad del municipio de Pinal de Amoles desde donde la naturaleza nos reclutó, inspiró y enseñó que es fuente de salud y bienestar, los pequeños placeres, la convivencia familiar, la adopción de toda la comunidad natural que nos rodeaba, considerando a los bosques y la fauna como una fraternidad con el mismo Padre Creador.Tuvimos la oportunidad de mover nuestros bártulos a otras tierras, comer orgánico, respirar aire lleno de energía y beber agua de manantial, tener los sentidos llenos de belleza y presentir la naturaleza del Todo plasmada en el tapiz de lo natural.

¡Laudato sí! Canta el Grupo Ecológico Sierra Gorda desde hace 28 años en las escuelas, canción esencial de nuestro quehacer cotidiano con la que hemos alabado al Señor y sus criaturas y puesto a las comunidades a trabajar a favor de mejorar su entorno.

Hoy, en una gran sintonía desde la más alta jerarquía de la iglesia católica, llega el llamado del Papa Francisco, pontífice que lanza al mundo un reto de sobrevivencia, de reinventarnos a nosotros mismos en donde nuestra sociedad deberá dar un giro a la acción por el rescate del entorno.

¡Cuánto habíamos esperado este momento en que pudiéramos validar la urgencia de nuestra causa! Nos congratulamos por esta Encíclica que es una esperanza para esta somnolienta sociedad. Ojalá haga cimbrar la conciencia de los poderosos, la indolencia del ciudadano común, el poder de la acción agazapado dentro de nosotros. Dejar fluir la abundancia, que no reclama más que lo necesario, en donde todo lo superfluo no tiene lugar y podría bendecir a todos.

Hace 28 años tuve ocasión de ver una magnífica obra de teatro, el musical “Venga toda la gente” en el teatro Manolo Fábregas, una inspirada puesta en escena que tocó mi vida profundamente, pues como maestra de música el material en escena era un tesoro. Pronto aprendimos a cantar esas canciones y seguramente se me metieron profundo en el subconsciente, pues fue el empuje que me mandó a la Sierra Gorda. Tenía que ver si había tal riqueza en la simplicidad de la vida natural.

¿Qué decirles el tesoro que encontré? La libertad de ser, de tener siempre el corazón rebosante de pasión por una causa que demanda y surte siempre a mi razón, entender la urgencia de preservar lo conocido presintiendo la ignota inteligencia detrás, reverencia ante lo que no comprendemos y sólo disfrutamos de los frutos y las condiciones esenciales para la vida.

¡Qué pequeñez la mía! Como una gota en el océano intentando ejercer con mi voluntad un servicio para el planeta, tal vez más simbólico que significativo, más por vergüenza que por esperanza. Un deseo imperioso de mover montañas, reverdecer la Tierra y convocar a la acción a esta sociedad, apelando a la energía del corazón ahí agazapada, que egoísta y temerosa ha sido engañada y no se decide a salir e invocar el bien común, construir un futuro para todos y dejar que la fortuna y la alegría inunden la Tierra.

Creo en una verdadera revolución en donde reiniciemos el modelo bajo valores muy diferentes. No queda sino volver a empezar, cargar con las culpas de todo lo que hemos dañado y, con amor, buscar regenerar la Tierra y moverse como sociedad a un mundo austero, frugal y autosuficiente.

Por: Martha Isabel Ruiz Corzo, Directora del Grupo Ecológico Sierra Gorda, IAP

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